06 abril, 2013

VER, JUZGAR Y ACTUAR LA EVANGELIZACIÓN AL ESTILO DE JESÚS EN JUAN 9 (Espanhol)

Guillermo Cook

Después de varios años de ministerio en el Brasil y tras concluir los estudios doctorales, en junio de 1979 regresé a Costa Rica para trabajar con el CELEP. La Junta Directiva y los coordinadores del CELEP estaban reunidos en Alajuela para evaluar su trabajo y planificar lo que harían en el futuro. Acababa de ser nombrado asistente de Orlando Costas y se me pidió que dirigiera uno de los períodos devocionales. Recuerdo muy bien el texto que escogí: Jn 9.16 (“Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día del reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales? Y había disensión entre ellos”.) Precisamente, uno o dos días antes, en mis devociones personales, había notado un dato intere­sante en este texto que había leído tal vez un centenar de veces: Los fariseos estaban divididos en dos grupos.

El grupo mayoritario evaluó la sanidad del ciego de nacimiento a partir de su doctrina legalista, y condenó a Jesús. el grupo minoritario evaluó el suceso desde el hecho mismo, desde la praxis, y rehusó apresurarse a dar un fallo negativo. En todas las épocas de la historia ha habido dos maneras de evaluar las acciones de la iglesia y de los que profesan el nombre de Jesucristo: Desde “arriba”, por así decirlo, amparados por la seguridad de la teoría doctrina!; y desde “abajo”, a partir del riesgo, de la inseguridad y vulnerabilidad de la práctica. Esta diferencia cualitativa de interpretación ha dividido y sigue dividiendo a la iglesia. De hecho, la división es falsa, porque la teoría y la práctica son inseparables y deben mantenerse en constante tensión dinámica.

A raíz de la reflexión del equipo celepino en aquella ocasión, me sentí motivado a estudiar el texto dentro de su contexto. He tenido la ocasión de analizar este pasaje por medio del método expositivo, con pequeños grupos de estudio bíblico, y ahora me atrevo a poner por escrito algunas reflexiones sobre Jn 9. Lo hago en memoria de mi querido hermano y compañero de ministerio Orlando Costas, quien me empujó a superarme y me inspiró a interpretar la Biblia desde una perspectiva misionológica y pastoral, a partir de América Latina.

El contexto general del pasaje

En comparación con los otros evangelistas, Juan es bastante parco con sus anécdotas acerca del ministerio de Jesús. Por esto, podemos estar seguros de que no nos ha dejado esta historia con el simple objeto de añadir al acervo de relatos un ejemplo del poder sanador de Jesús que había sido omitido en los evangelios sinópticos. Juan tiene un propósito pedagógico frente a problemas de doctrina y práctica en las iglesias de Asia, a fines del primer siglo de nuestra era. Diversas herejías dualistas ponían en tela de duda la humanidad o la divinidad de Jesús y manejaban teorías esotéricas (gnósticas), cuyos símbolos eran verdad y falsedad, luz y tinieblas. Juan confronta estas herejías a través de todo su evangelio.

Juan 9 relata un incidente polifacético cuyo propósito es, precisamente. resaltar la divinidad y la humanidad de Jesús por medio de siete diálogos, confrontaciones o crisis en torno a una acción evangelizadora de Jesús. Detrás de cada encuentro hay una pregunta fundamental: ¿Qué es verdad y qué es mentira? Y, consecuentemente, ¿cómo se puede realmente “ver”, es decir, discernir entre los dos? En el fondo, la historia es una especie de parábola sobre “andar en la luz” o “en las tinieblas”, dos temas importantes en los escritos juaninos.

El método que Juan usa no podría ser más radical. Nos revela a un Jesús problematizador y cuestionador, aun cuando no es el personaje principal del relato. Juan muestra cómo un creyente común y corriente –pobre, físicamente impedido y analfabeto– es capaz de juzgar y confun­dir la sabiduría de los entendidos. Esto tiene mucho signi­ficado para nosotros hoy, cuando “la iglesia de los pobres y marginados” desafía nuestros cómodos presupuestos teológicos. Vivimos, también, en una era cuando, desde el llama­do “Tercer Mundo”, se envían misioneros al ‘Primer Mundo”.

“Ver, juzgar y actuar” es más conocido como una metodología católica de análisis de los fenómenos socio-históricos. Sin embargo, sin perder de vista la metodología, me propongo usar este trinomio como un paradigma de la evangelización. Sencillamente, intentaremos descubrir cómo cada uno de los protagonistas de esta singular historia ve, juzga y actúa frente a la necesidad de un pobre desdichado y ante el hecho incon­trovertible de su sanidad. En este estudio, ver, juzgar y actuar se relacionan, respec­tivamente, con las dimensiones kerigmáticas de pro­clamación, juicio y compromiso. Ver tiene que ver con nuestra percepción de la revelación divina, en la persona de Jesucristo y en aquellos en quienes se quiere manifestar. Juzgar tiene el sentido de krisis, o krima, cognados griegos que en su raíz comunican la idea de zarandear, de provocar una profunda reevaluación, de plantear una opción radical. La evangelización al estilo de Jesucristo provoca crisis, sacude, redarguye, ilumina las contradicciones, obliga a tomar posicio­nes. Juzgar es el eje determinante entre ver y actuar. Ver sin juzgar es en realidad no ver. Juzgar sin actuar es quedarnos en el aire. Actuar significa optar: comprometerse con Jesucristo y con su misión, o bien volverle las espaldas.

¡Analicemos el pasaje! Lo haremos a partir de la Versión Popular porque su estilo es más apropiado para el contexto del relato.

Primera crisis: problema teórico o necesidad concreta (vv. 1-7)

“Al pasar por cierto lugar, Jesús vio a un hombre que había nacido ciego”. Jesús vio a un hombre a quien la religiosidad de su época consideraba menos que una persona. Era excluido de las bendiciones del pacto. En cambio, los discípulos, en vez de ver a una persona necesitada, miran un objeto de curiosidad, un simple problema teológico. “¿Por qué nació ciego? ¿Por el pecado de sus padres, o por su propio pecado?”  Es otra forma de hacer la pregunta del saduceo en Lc 10.29: “¡Quién es mi prójimo?”  (Hoy pregun­tamos: ¿quiénes son los pobres? ¿Qué viene primero, el evangelismo o la obra social?) Las discusiones teológicas nos permiten evitar la responsabilidad de un compro­miso auténtico con el necesitado. Porque no vieron, juzgaron mal y, por consiguiente, perdieron la oportunidad de actuar.

Jesús, entonces, enfoca la atención de los discípulos en el verdadero problema. El ciego está allí para ser servido: para que la voluntad de Dios se manifieste en él. Ahora, mientras es de día, porque de noche no se puede trabajar, es necesario hacer las obras de Dios. Es significativo que el relato comience con la yuxtaposición de luz y tinieblas: “Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo”. Aquí se descubre el propósito de este relato: despejar las tinieblas de mentira e iluminar nuestro corazón con la verdad de Dios. Aquí y más adelante veremos que quienes necesitan la luz de Dios son, en primer lugar, los que profesan ser seguidores de él.

Jesús actúa de inmediato frente a la necesidad del ciego. Pero lo hace en una forma inusitada. No toca los ojos del ciego, sino recurre a una práctica que, desde nuestra perspectiva, pareciera poco salubre, por no decir repugnante. No es la única vez que Jesús hace lodo con saliva y unta los ojos de un ciego (Mc 8.22; 23) y los labios de un sordomudo (Mc 7.3 3). ¿Por qué lo hizo? Porque era un método que se entendía muy bien en la cultura popular. En la antigüedad se creía, y no sin cierta razón, en el poder curativo de la saliva. ¡De esta manera, y sin necesidad de hacerlo, Jesús comunica su amor por medio de la medicina popular! Pero, de igual manera, también se identifica con la práctica ceremonial judía: Envía al ciego al estanque de Siloé, cuyas aguas eran usadas para ritos de purificación. No rechaza las costumbres del pueblo. Más bien las transforma en instrumentos de su amor.

Segunda crisis: Indecisión o integridad (vv. 8-13)

Una vida transformada por Dios vale más que mil sermones evan­gelísticos. El ex­ciego es ahora el foco de grandes interrogantes. ¿Será o no será el mismo que conoci­mos antes? ¿Quién es el autor del milagro? Pero la respuesta del que fue sanado se con­centra en la acción: “Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos con él y me dijo: Ve al estanque de Siloé, y lávate. Yo fui, y cuando me lavé, pude ver”. Es una explicación llena de verbos – gráficamente descriptiva. Son las palabras de un hombre sencillo, poco acostumbrado a especular, cuya vida se mide en términos de acciones o de la falta de ellas. Por su lado, los vecinos lo vieron pero no todos creyeron. La presencia del ciego en medio de su vecindario se ha vuelto un factor de juicio o de crisis, y la acción grupal es inconclusa porque no han podido definirse. Llevan al hombre ante las autori­dades religiosas. Les ha faltado integridad.

Tercera crisis: El sábado o el shalom (vv. 14-17)

El sábado y el shalom eran inseparables en el plan Dios. El uno representaba al otro. El reposo del pueblo de Dios y de la tierra y el año de jubileo (la libertad de los cautivos y la devolución de propiedades a sus dueños originales) tuvieron como objetivo comunicar shalom (paz, bienestar, sanidad, salvación) en las dimensiones de trabajo, conserva­ción de recursos naturales y justicia social. Eran adelantos del shalom del reino. Sin embargo, la ley sabática nunca se cumplió según la intención divina. Por su rebelión, Israel nunca entró en el reposo del shalom (cp. Hb 3 11,18; 4.1-11). En vez de símbolo de liberación, el sábado se hizo instrumento de opresión. En el tiempo de Jesús, el sábado y el shalom estaban en crisis y en contradicción.

Volvamos al protagonista de nuestra historia. Está solo. Jesús y sus discípulos lo han dejado. Sus vecinos lo han abandonado a su suerte. Así solo como está, él es signo de crisis. En este pasaje encontramos dos focos de atención, como ya hemos visto: el uno es teórico y el otro concreto, práctico. Primeramente los discípulos, y ahora los fariseos, se enfrentan a dos opciones: la tradición o el bienestar o shalom de una persona. Es entre estos dos polos donde hoy se juega la evangelización en el mundo entero. Para los fariseos, el problema es el sábado. Es más que un día de reposo. Simboliza todo un sistema religioso y laboral y el control que sobre esto ejercen las autoridades religiosas. Los fariseos no pueden permitir que esa tradición se rompa, porque significaría perder su dominio sobre el pueblo.

Los fariseos, pues, no ven a una persona que acaba de ser sanada. Ven, más bien, un atentado contra la integridad de la ley y contra su dominio religioso. Interrogan al ciego una y otra vez sobre lo acontecido, tratando de confundirlo, pero él no se deja confundir. La respuesta del que fue sanado es más breve que cuando les narró su experiencia a sus vecinos. Es la actitud propia de una persona sencilla que se siente cohibida ante el peso de la ley. Es en este punto donde se presenta la división en el seno del concilio de fariseos. La división entre teoría y práctica con que iniciamos este estudio.
Cuando el ciego responde a un segundo interrogatorio, se atreve a emitir un juicio acerca de la identidad de su benefactor. “Yo digo que es un profeta”. Esto no satisface a los fariseos, que lo tienen por impostor. Por eso apelan a los padres del hombre que fue sanado.

Cuarta crisis: Statu quo o solidaridad (vs’ 18-23)

Fue necesario el testimonio de los padres para que los fariseos aceptasen la identidad del que había sido ciego. No obstante, aunque tenían delante de ellos la prueba fehaciente de la obra de Dios en la vida de su hijo, él es también para ellos signo de crisis y rehúsan defenderlo. Tal es el dominio de la tradición religiosa, que juzga más importante mantener su estatu dentro de la sinagoga que solidarizarse con su propio hijo. ¿Cómo logró la vista? ¡Pregúntenselo a él! Ya tiene mayoridad.

Quinta crisis: Tradición o testimonio (vv 24-34)

Se reinicia el proceso. La hora ha llegado para el fallo piadoso: “Dinos la verdad delante de Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Punto final. La tradición, con todo el peso de la ley, se ha pronunciado. No hay más que decir. Pero el ciego ciertamente tiene mucho que decir. Ha perdido la timidez, porque tiene un testi­monio que compartir!: “Yo no sé si es pecador o no [no soy teólogo como ustedes]. Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo”. Y punto final. La crisis se agudiza. Una fuerza irresistible se enfrenta a un objeto inamo­vible. ¿Quién cederá? Parece que ninguno de los dos.

Momentáneamente confundidos, los fariseos vuelven al ataque. La tradición no puede darse por vencida. Repiten el interrogatorio, espe­rando confundirle. “¿Qué te hizo? ¿Qué hizo para darte la vista?” Sin embargo, el ex-ciego no se deja amedrentar. Muy al contrario. Este hombre sencillo e iletrado pierde la paciencia con los sabios doctores de la ley. Les responde con ironía: “Ya se lo he dicho, pero no me hacen caso ¿Por qué quieren que se lo repita? ¿Es que también ustedes quieren seguirle?”.

¡Qué espectáculo más interesante! Estos sobrios doctores de la ley pierden los estribos. Se ven reducidos a usar el insulto, un arma de la desesperación (peor actuará más larde el augusto Sanedrín escupiendo y abofeteando al Maestro), y a las fanfarro­nadas: “Tú sigues a ese hombre. Pero nosotros seguimos a Moisés [¿o a los tres Juanes: Calvi­no, Wesley, el Bautista?]. Nosotros sabemos que Dios le habló a Moisés, pero ese, ni siquiera sabemos de dónde ha salido”.

En este momento, el ciego demuestra cualidades insospechadas. Es terco y es teólogo (¡y qué teólogo!), como cualquier creyente cuando tiene que defender frente a los escépticos lo que Dios ha hecho en su vida. Aunque se notan los retoques de San Juan, aquí tenemos un ejemplo de lo que se ha llamado la sabiduría del pueblo. “¡Qué cosa tan rara! Ustedes no saben de dónde ha salido, y en cambio a mi me ha dado la vista”. Sin embargo, la “recta doctrina” es incapaz de aceptar un hecho evidente que contradiga sus postulados. “Bien sabemos que Dios no escucha a los pecadores; solamente escucha a los que le adoran y hacen su voluntad. Nunca se ha oído decir de nadie que diera la vista a una persona que nació ciega. Si esta persona no viniera de Dios, no podría hacer nada”. El hombre que al principio prefirió no enfrascarse en especulaciones teológicas (“yo no sé si es pecador o no”) acaba haciendo una defensa magistral de la persona y misión de Jesús.

Heridos en lo más profundo de su ser y preocupados por mantener su autoridad, a los fariseos no les queda otro recurso que deshacerse del ciego.

Repasemos la trama de este drama desde dos perspectivas diame­tralmente opuestas. Desde arriba, con prepotencia, los fariseos vieron, juzgaron y actuaron impulsados por la lógica de la muerte. Primero, cuestionaron el hecho de la sanidad del ciego. Cuando el ardid no les resultó, intentaron desprestigiar y menospreciar al autor del milagro. Finalmente, tuvieron que deshacerse del que fue sanado. En forma progresiva, inevitable, los fariseos rechazaron el hecho, al actuante y, finalmente, al beneficiado. Este es el camino que siempre recorren aquellos que rehúsan reconocer la obra de Dios cuando ella amenaza sus intereses y contradice sus férreos presupuestos. Cuando la lógica de la vida se enfrenta victoriosamente a la lógica de la muerte, los señores de la muerte no tienen más recurso que deshacerse de aquellos que perso­nifican la vida. Por otro lado, y desde abajo, una persona impotente fue creciendo en coraje y en su capacidad de reflexionar y de responder. Su teología surgió naturalmente de su propia experiencia con Jesucristo, y no al contrario. Acabó confundiendo a sus acusadores e hiriéndoles el amor propio. Por eso, no les quedó más remedio que deshacerse de él. El rechazo fue total y elocuente. “Naciste lleno de pecado. ¿Quieres darnos lecciones a nosotros? Y lo expulsaron de la sinagoga”. En la cultura religiosa de aquel tiempo, esto era una forma de asesinato. Para ellos, el ciego ha dejado de existir. Es escoria. Lo han deshumanizado.

Sexta crisis: Deshumanización o humanización (vv 35-38)

Precisamente en el momento en que el rechazo del ciego es total (sus vecinos, sus padres, el establecimiento religioso), Jesús reaparece en escena dispuesto a actuar en favor del que ha sido despreciado. Aunque para los fariseos este hombre no tiene importancia (es infrahumano), Jesús le restaura su humanidad cuando hace de él el centro de toda su atención. Lo busca y lo interpela. “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Este nombre, que Jesús prefería por encima de los otros títulos mesiáni­cos, lo identifica con la humanidad del ciego. Porque, más allá del contenido teológico de la pregunta, tenemos que discernir un momento comunicativo trascendental. En la pregunta de Jesús hay aceptación de la humanidad de este hombre, de su capacidad inherente de lanzarse en una aventura de fe. De hecho, el propio “abandono” del ex-ciego por Jesús es, en el fondo, un reconocimiento de su valor como ser humano, de las posibilidades de reflexión y de crecimiento espiritual que hay en él como criatura de Dios.

¡Qué diferente es la actitud del ciego de la de los demás protagonistas de esta historia! Sencillez, adoración y fe: “Señor, dime quién es para que yo crea en él”. No necesitas explicármelo. Creeré en él con solo que me digas quién es. Aunque no tan dramática, la autorrevelación de Jesús al que había sido ciego es digna de compararse con el “yo soy” de la zarza ardiente, y de las manifestaciones del Señor resucitado: “Ya lo has visto [¿cómo? ¿cuándo, Señor, si te fuiste antes de que recobrara la vista?). Yo soy, con quien estás hablando” (de hecho, “yo soy” – la luz... la puerta y el buen pastor... el camino, la verdad y la vida.., la vid – es la manifestación cristológica]. Jesús se revela como el Cristo, el ungido de Dios, a uno que momentos antes había sido lanzado al basurero de la historia. Postrado delante de su Sanador, el hombre exclama: “Creo, Señor”.

La historia podría haber terminado aquí. Jesús ha visto al ciego, ha juzgado su situación y ha actuado en su favor. Una persona más ha sido incorporada al reino de Dios. El programa evangelístico de Jesús ha tenido éxito. Sin embargo, este no es el fin de la historia. Jesucristo tiene aún una lección que enseñar. Porque, como bien ha dicho nuestro colega Plutarco Bonilla, “Los milagros también son parábolas”.

Séptima crisis: Se invierten los valores (vv 38-41)

Jesús lanza el guante. “Yo he venido a este mundo para hacer juicio (krima)”. Al comenzar el relato, Jesús había declarado a sus discípulos: “Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo” (v. 5). Ahora dice que esta luz es más que una simple iluminación: es crisis y juicio que a la vez disipa las tinieblas de ignorancia y encandila a los que creen poder ver. “He venido... para que los ciegos vean y para que los que ven se vuelvan ciegos”.

Los fariseos, espías incansables de las acciones de Jesús, se dan por aludidos. “¿Acaso nosotros también somos ciegos?” La respuesta de Jesús no tarda en venir: ¡Si les calza el guante, pónganselo!  “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían culpa de sus pecados. Pero, como dicen que ven, son culpables”. Jesús ha invertido radicalmente los valores. El ciego ve, mientras que los que se creen plenamente dotados de vista son los verdaderos ciegos. Porque no hay más ciego que el que no quiere ver. Los pecados del recién sanado han sido perdonados, pero los verdaderos pecadores son los fariseos. El que era ciego ha sido acogido en el reino de Dios, mientras que los líderes religiosos, por implicación, están excluidos, si no de la sinagoga, sí del shalom de Dios.

No es por azar ni por coincidencia que inmediatamente después de este relato Juan transcribe las palabras de Jesús: “Les aseguro que el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas sino que se mete por otro lado, es ladrón y bandido. Pero el que entra por la puerta, es el pastor que cuida las ovejas... el ladrón viene solamente para robar, matar y destruir; pero yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10.1,2,10,11).

No cabe duda acerca de quiénes han sido los falsos pastores y quién el Buen Pastor en este relato. En Ezequiel 34, el profeta describe con lujo de detalles las prácticas de muerte de los falsos pastores y emite juicio contra ellos. La promesa de Yahvé – “Yo mismo voy a encargarme del cuidado de mi rebaño... las rescataré de los lugares por donde se dispersaron en un día oscuro y de tormenta” (34.1-12ss) – se encarna en su acción a favor de un hombre ciego y marginado.
Implicaciones para la evangelización

1.La evangelización a la manera de Jesucristo tiene como punto de partida la debilidad y no el poder. Los privilegiados de la evangeliza­ción, a la vez objetos y sujetos, son los débiles, los pobres y marginados. Y también son privilegiados aquellos que, dejando a un lado sus prerro­gativas, se acercan a Jesús y a sus prójimos asumiendo, como él, una posición de debilidad y de marginalidad: mendigos que muestran a otros mendigos dónde pueden conseguir pan juntos. “Para avergonzar a los sabios, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por tontos; y para avergonzar a los fuertes, ha escogido a los que el mundo tiene por débiles. Dios ha escogido a la gente despreciada y sin importancia de este mundo; es decir, a los que son nada, para anular a los que son algo. Así nadie podrá presumir delante de Dios” (1 Co 1.27-29).

2.La ceguera espiritual suele tener raíces ideológicas. El orgullo intelectual, la defensa de prerrogativas de statu social y religioso, el nacionalismo, racismo o sexismo, ciegan nuestra vista para que no podamos discernir la realidad de las personas que nos rodean. Esta actitud en América Latina está distorsionando el sentido verdadero de la evangelización. La iglesia tiene que recuperar el significado de la evangelización a la manera de Jesucristo.

3.La evangelización y la pastoral son inseparables. Ver, juzgar y actuar requieren discernimiento, criterio agudo y actuación consecuente frente a los numerosos modelos de acción pastoral. En una pastoral de vida a la manera de Jesús, el ministerio evangelístico debe incorporar una dimensión crítica, profética, frente a los falsos pastores socio-polí­ticos y religiosos, incluyendo (y particularmente) los de nuestro contexto protestante.

4.En palabras de Orlando Costas: “La prueba final de cualquier discurso teológico no es su precisión académica sino su poder transfor­mador... Como el Apóstol Pablo recordó a la iglesia de Corinto hace muchos años, el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder (1 Co 4.20)”. (Citado en el Boletín Teológico, Nº 28). Estas palabras resumen magistralmente el contenido de Juan, capítulo 9.

Fonte: http://www.pastoralia.com.br/crbst_68.html

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